Si estás analizando una inversión inmobiliaria, hay una pregunta que deberías hacerte antes de cualquier otra: ¿este activo genera dinero de verdad o solo parece rentable sobre el papel?
Porque una cosa es lo que dicen los números en una presentación y otra muy distinta es lo que ocurre cuando el activo empieza a funcionar. Y, es que, uno de los conceptos más importantes —y a menudo peor entendidos— del mundo de la inversión inmobiliaria: el cash flow.
En este artículo vamos a explicarte, de forma clara y práctica, qué es cash flow, cómo se calcula en una inversión inmobiliaria, qué papel juega el retained cash flow y por qué ambas métricas son esenciales para evaluar la rentabilidad real de un local comercial u otro activo terciario.
Empecemos por lo esencial: qué es el cash flow
Cuando hablamos de cash flow, hablamos del flujo de dinero que genera una inversión durante un periodo determinado. Dicho de forma sencilla, es el dinero que entra menos el dinero que sale.
En inversión inmobiliaria, el cash flow responde a una pregunta muy concreta: después de pagar todos los gastos asociados al activo, ¿queda dinero a favor del inversor o hay que ponerlo de su bolsillo?
Por eso, cuando alguien se pregunta qué es cash flow, la respuesta más clara sería esta: es el dinero neto que una inversión inmobiliaria genera de forma recurrente una vez cubiertos todos sus costes.
Y aquí está la clave. Un activo puede tener una rentabilidad teórica muy atractiva, pero si no genera cash flow positivo, difícilmente será una inversión cómoda o sostenible en el tiempo.

Por qué el cash flow es tan importante en una inversión inmobiliaria
En el mundo de la inversión inmobiliaria, el cash flow es uno de los indicadores más honestos que existen. No habla de expectativas futuras ni de posibles revalorizaciones, sino de lo que ocurre en la realidad mes a mes o año a año.
Un cash flow positivo aporta estabilidad. Permite al inversor cubrir gastos sin tensiones, afrontar imprevistos y mantener la inversión a largo plazo sin depender de aportaciones externas. Además, ofrece margen para reinvertir, amortizar deuda o simplemente generar ingresos recurrentes.
Por el contrario, un cash flow negativo convierte la inversión en una obligación financiera. Aunque el activo tenga potencial a largo plazo, obliga al inversor a sostenerlo con recursos propios, aumentando el riesgo y reduciendo la flexibilidad.
Cómo se genera el cash flow en un activo inmobiliario
En una inversión inmobiliaria, el cash flow se genera principalmente a través de los ingresos por alquiler. En el caso de activos comerciales o terciarios, estos ingresos suelen ser más estables y previsibles, especialmente cuando existen contratos de larga duración.
A esos ingresos hay que restar todos los gastos necesarios para que el activo funcione. Hablamos de impuestos, seguros, mantenimiento, gestión y, en muchos casos, costes financieros derivados de la financiación.
El resultado de esa diferencia es el cash flow. No hay más. Cuanto más clara y realista sea la estimación de ingresos y gastos, más fiable será el análisis.
Un ejemplo sencillo para entender el concepto
Imaginemos un local comercial que genera 60.000 euros al año en rentas. A lo largo del año, ese activo soporta gastos de mantenimiento, impuestos, seguros y financiación que suman 30.000 euros.
El resultado es un cash flow anual de 30.000 euros. Ese es el dinero que realmente genera la inversión. No es una proyección ni una expectativa futura, es una cifra tangible que permite al inversor evaluar si la operación encaja con sus objetivos.
Este tipo de análisis, aunque simple, es mucho más revelador que fijarse únicamente en ratios teóricos o en promesas de revalorización.
Cash flow frente a rentabilidad teórica
Uno de los errores más habituales al analizar una inversión inmobiliaria es confundir rentabilidad con cash flow. Son conceptos relacionados, pero no iguales.
La rentabilidad suele expresarse como un porcentaje y puede ser muy atractiva sobre el papel. Sin embargo, no siempre refleja el impacto real de los gastos, la financiación o la estructura de la operación.
El cash flow, en cambio, actúa como un filtro de realidad. Muestra si el activo genera dinero de forma recurrente o si, por el contrario, requiere aportaciones constantes del inversor.
Por eso, una inversión inmobiliaria bien analizada nunca debería evaluarse sin estudiar su cash flow.
Qué es el retained cash flow y por qué importa
Aquí entramos en un concepto especialmente relevante para inversores con una visión más estratégica: el retained cash flow.
El retained cash flow es el dinero que el inversor realmente conserva después de todas las salidas de caja. No solo se tienen en cuenta los gastos del activo, sino también las decisiones financieras y estratégicas del propio inversor, como amortización de deuda o reinversión de parte del flujo generado.
Dicho de forma sencilla, mientras el cash flow mide lo que genera el activo, el retained cash flow mide lo que se queda el inversor.
Esta diferencia es fundamental para entender la rentabilidad real de una inversión inmobiliaria, especialmente cuando existe financiación o una estructura de inversión más compleja.